| LA PRENSA LIBRE
Lunes 23 de octubre de 1995 |
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Comentarios |
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Insilio |
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Alfonso Chase |
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| EL concepto fue acuñado por Mauricio
Rosencof, poeta, traductor y dramaturgo uruguayo,
referido al exilio interior de muchos de sus
compatriotas en tiempos difíciles. |
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se
trazan los rasgos de su influencia en el desarrollo de nuestra
pintura. O bien en Juan Manuel Sánchez, ejemplo inagotable de
una obra trascendente convertida ya en paradigma, ya en
muestrario de un mundo de maravillas del detalle y de la
sensibilidad.
El insilio implica un compromiso hondo con el medio, pero
también un sentido de universalidad que llega hasta la idea del
ciudadano de mundo, capaz de nacer su obra, o realizar su
destino en el espacio especifico que se ha creado, impulsando
los rasgos de su creatividad hacia el futuro, envuelto en la
nube cambiante de los avalares del tiempo.
Ese compromiso se expresa en reflejar la vida interna, la mirada
propia, pensando que al mirarse en el adentro de su ser está
mirando la otredad del prójimo, buscando en el sentido de la
comunicación, no el reconocimiento, sino el ejercicio del propio
criterio como bastión para la supervivencia, Insilio es otredad
compartida. Búsqueda del alma de las cosas, negativa a inclinar
la cabeza, rechazo a los de-nanos ofrecidos por quienes
usufructúan el poder, salario de muerte que paraliza la propia
opinión, y hace que el ser humano, condicionado, deje atrás
principios que caracterizan su propia y especial naturaleza de
percibir el mundo con la propia pupila. En el insilio el ser
humano busca una especie de apropiación real de su opinión,
profundizando en sus ideas y convirtiendo el pensamiento en
algo trascendente, como en su momento lo logró Ornar Dengo, en
el aislamiento productivo de su retiro de las cosas mundanas,
allí donde la meditación abre espacios y establece lenguajes,
más fuertes que las palabras que se lleva el viento y dispersa
la historia.
Aunque el insilio tiene algo de retiro, de desdén hacia lo
contemporáneo, no es ésta su opción, sino el ver desde la
barrera la marcha de las cosas y nacer el propio trabajo, sin
buscar del lógico reconocimiento inmediato. Una mirada sóbrela
labor de Claudio Cárazo, de Alfonso Merino, de Teresita Porras,
aislados del aparato critico de nuestro país, nos permite
entender que representan un progresivo alejamiento de las
tendencias en boga, de los reconocimientos de pomposos
concursos, ó como en el caso de
Aquiles Jiménez,
o Mario Parra, a quienes algunos tenemos por excelentes
artistas, aislados de la mirada pública por el predominio de
tendencias ajenas a su labor, que no buscan integrar lo disímil,
sirio acentuar las diferencias, excluyendo lo que no pertenece
al mercado, en esté tiempo en donde la ley de la oferta y la
demanda prevalece sobre las relaciones históricas.
El insilio, en su espacio de silencio, es rico en detalles. So
responde a los gustos de nuestra cafetocraciaramplqna,
convertida ahora en empresarios y políticos, cochovindistas y
chauvinistas en un mundo que caracteriza por los cambios y por
la multiplicidad de facetas dé un mismo enfoque. Hacedores de la
cultura del ruido, que se diluye entre la cosas sin mucha
trascendencia, o en los espectáculos que confunden el vodevil
con el drama, las lágrimas con la glicerina y la auténtica
literatura con el pastiche.
Nada que no hayamos vivido antes, en otro tiempo y con
diferentes personajes. El insilio, entonces, es lograr el don de
la .ubicuidad en done solo son sombras. El ser dentro los otros,
sin dejar el propio perfil entre las máscaras. |
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Es válido en el sentido de que se escoge una
especie de espacio interior, sobre el cual se construye el
destino de un alma, de Un espíritu, de una actitud para
sobrevivir a los avatares de la vida, en ese mundo determinado
por las pertenencias afectivas que algunos llamamos Matria,
Patria, pueblo y nación, en momentos de disolución de valores,
sobreentendidos como superiores para el cuerpo social y que dan
forma a las actitudes esenciales sobre los cuales se rigen los
seres humanos en su cotidianeidad.
Ese insilio se concibe en la soledad en apropiación del espacio
interno, soledad que dinama aquello que San Juan de la Cruz,
avizoró como sombra, umbral de compañía escogida por propia
voluntad, lejana del vocinglería de las personas y hecha forma
por el acompañamiento de lo que se cree son los mejores. Es la
aceptación, paulatina, de un destino concebido y construido en
una zona específica del espíritu, que conlleva la visión
personal, pero también la posibilidad, colectiva, de entender al
otro como persona, desligado de todo aquello que limite la
creación de la propia palabra y no la repetición de los lemas de
las muchedumbres, veleidosas, pero también sabias, cuando dentro
de sí dejan de ser masas para empezar a convertirse en
conciencia.
Es extraño como en Rusia, por ejemplo, aflora en estos últimos
cinco años un lado oculto por la historia, oficial en un tiempo,
y obras y rostros y actitudes ascienden al podio de las
opiniones, mostrando un trabajo creativo que estuvo oculto por
decenas de años, perdido en gavetas y privaciones que hicieron
prácticamente inexistente su realidad, hasta el momento en que
caídas todas las ventas, asumen un destino de contemporaeinidad
y afirman lo actual de su lenguaje. Igual ejemplo en Uruguay,
Chile y Argentina dónde la literatura y el arte del insílio es
descubierta como en una nueva, voz, despojada de lo accesorio y
mostrada al público con la serena objetividad de todos aquellos
que durante periodos aciagos estuvieron aparentemente
silenciados, o mudos, o casi desaparecidos.
El insilio no excluye el éxito, ni lo confronta. Es una manera
de vivir, no solo apagado al silencio, sino de crecer para
adentro, buscando en el contorno de tas sombras la luz casi
perfecta de la luminosidad auténtica. Es una actitud interior y
un riesgo ante la banalidad del aplauso e indica un sacrificio,
una voluntad de estilo, que puede rastrearse en la obra de
García Monge, Fabián Dobles, Ana Antillón, Carmen Santos, Hugo
Sánchez, quienes en la soledad de su ámbito, fueron creando una
obra poderosa, plena de significados, que bien puede aflorar,
como en el caso de Lolita Fernández, haciendo eclosión en el
tiempo, como ejemplo, o en la poderosa y rnultifácétlca obra de
Manuel de la Cruz González, a quien los años parecieran
agigantar conforme
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