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La piedra no tiene piel
En un proceso sensorial que se vive más allá de la técnica, entre la
esencia y la presencia, entre lo real y lo imaginario, el escultor
encuentra su material, o más bien, me atrevería a decir, el material lo
encuentra a él.
La verdad es que el verdadero material del artista son sus vivencias y
sus imágenes, y cada imagen contiene el germen de su materialidad y su
espacialidad. La materialidad no es un experimentar con los materiales,
se sueña como una sustancia capaz de darnos los más "elementales "
sentimientos, es una especie de encantamiento que te sumerge en la
soledad del que habita el silencio de las cosas, el silencio que se
necesita para sentir y que al final termina sintiéndote. Es sumergirse
en el aroma de las cosas sin nombre.
Es vital sentir profundamente los elementos de la naturaleza en su
dimensión material y el invisible hilo que los unifica en una sola
esencia. Por fortuna me tocó vivir en un espacio y un tiempo en que
interioricé esos elementos en su más simple manifestación. Me inicié
trabajando piedras volcánicas, las mismas piedras que existían por miles
en el " pedregal " al frente de mi casa. Yo ya había jugado entre ellas
de niño, habían establecido el ritmo del transitar diario, pues
realmente la tierra estaba sembrada de piedras y los senderos tenían que
bordearlas con movimientos de serpiente asustada. Estaban ahí, como
animales echados. Cuando tuve que enfrentar el reto de trabajarlas fue
como despertarlas y darles vida.
En el Bosque el árbol me enseñó la dinámica del crecimiento de las
formas y la armonía entre los espacios, la unión entre el viento y la
hoja, pero nunca asocié la madera "como material " con el árbol, Talvez
por eso me identifico con la piedra, la asocio con la eternidad, con la
telúrico y lo ancestral de la escultura. Un pedazo de madera es una
mísera porción de la totalidad de un árbol, siempre me pareció un
fallido acto de regresar al árbol la escultura en madera. La piedra, en
cambio, es un material que se encuentra en su estado de mayor cohesión y
presencia. El estado ígneo y la arena sólo son estados transitorios
hacia la solidez. La escultura en piedra debe de tener presente estos
estados de la materialidad de la piedra.
La naturaleza utiliza al árbol para enseñar equilibrio, al agua para
decir ritmo, los sauces para recibir el viento, las hojas de plátano
para recibir la lluvia, las piedras para recibir las nubes...
Cuando me enfrenté al mármol me di cuenta que no era una piedra
solitaria que reposaba su eternidad en el bosque, era una montaña
desafiante cuya presencia rebosaba por completo cualquier bloque, cada
pedazo de mármol era parte de una totalidad cuyas verdaderas dimensiones
se perdían en la profundidad a lo largo de las cordilleras de Carrara y
Pietrasanta. El cambio era importante, debía de pasar a trabajar la
piedra volcánica, donde cada pedazo es su propia totalidad, y el sentido
de aprehensión del escultor es total, al mármol, que no me daba ninguna
sensación de totalidad. El sentimiento de fragmento de algo mucha más
grande y completo me produjo en mi primer encuentro una especie de lucha
interior. Talvez por eso utilicé en mis primeras obras mármoles de
colores que me hicieran recordar los tonos de mis piedras volcánicas.
Las piedras de mi pueblo primero fueron fuego, el mármol tuvo su origen
en las profundidades del mar, millones de años de asentamiento, de
presión terráquea, donde cada grano debe de contraerse lo suficiente
para cristalizar, hasta apresar la luz ausente en su tranquila
oscuridad. Por eso el mármol alimenta nuestra capacidad de soñar con la
luz, cada pequeño cristal está hecho para resplandecer, la luz sueña en
el mármol porque en él reposa y guarda silencio.
El trabajo del mármol no es una experiencia geológica, como lo es el
trabajo del basalto y las demás piedras volcánicas, pues no parece que
proviniera de la tierra, y es verdad, se encuentra entre las montañas
pero su origen y naturaleza está en el océano, en el agua. Se encuentra
en la tierra, proviene del agua y busca la luz. En su recorrido el agua
es esencial, la tierra circunstancial y la luz su complemento. El
basalto tiene su origen en el fuego, la tierra es su complemento y
absorbe de ella su silencio y no necesita tanto de la luz para encontrar
su presencia.
Con los años, sólo cuando logré hacer que la luz tuviese su corporeidad
en la obra, fue que pude sentir el mármol, lo logré utilizando la luz
como elemento plástico que al penetrar en las delgadas formas las
ilumina y borra los límites entre luz y material, la luz ya no abraza
las formas, las penetra encontrando su más íntima esencialidad.
El escultor debe de habitar a tal punto el material que al apreciarse la
obra nos olvidemos de éste y nos comuniquemos con lo subyacente, si como
espectadores nos detenemos en el material el escultor sólo lo manipuló
para darnos una simple forma-envoltorio, cascarón muerto. Entre la forma
y la esencia su función no es salirnos al camino sino llevarnos a pasear
entre las veredas ocultas de nuestro misterio.
La piedra
no tiene piel,
es médula palpitante.
Su hueso, lo fundamos con nuestro acento.
Sólo encontramos su savia iluminando su centro.
Piedra,
no conoces otro camino
que el de lo eterno,
y el de la estrella que llevas
dentro.
Aquiles Jiménez
Escultor
6 de septiembre del 2006
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