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El realismo mítico
en sus esculturas
Al amigo
René Muiñoz Gual
en confraternidad
cubana-costarricense
Cruce de caminos de la
vida y del mundo ha sido
el arte para mí. La
misión del arte es
revalorizar el mundo y
la vida, pues el ser
humano necesita
engrandecer y
perfeccionar la
conciencia. Se le
deshumaniza si se le
mutila el campo
expresivo de sus
relaciones estéticas.
La obra artística es el
resultado de técnica y
creación y emoción. El
arte no es nada si no
nos toca, si no nos
conmueve, si no nos
provoca.
He visto trabajar a los
escultores en sus
talleres como seres
humanos y no como
dioses. Ejemplar es su
tenacidad en el trabajo.
El esculpir es trabajo
duro, fatigoso y
difícil, solo que al
interpretar la realidad,
el escultor trabaja con
alegría. De ahí que, con
sus obras, ellos
expresen ideas Y por esa
libertad en el proceso
creador, creo que la
escultura es la que
define, individualiza y
caracteriza el arte
costarricense.
Y al sostener que la
escultura define,
individualiza y
caracteriza el arte
costarricense, pienso
sobre todo en la
escultura precolombina y
en tres grandes
escultores
costarricenses del siglo
20. Pienso en Juan
Manuel Sánchez,
Francisco Zúñiga y
Aquiles Jiménez.
¿Por cuál misterioso
mecanismo de la memoria
asocio el nombre de
Aquiles Jiménez con la
tesis de los pueblos de
arte plástico cuya
finalidad no es, no
puede ser la
representación y
fijación del fenómeno
visual, sino la
auténtica y genuina
realidad que hay que
representar y es lo que
actúa dentro de las
cosas como elemento
vital: las ocultas
fuerzas mítico-mágicas?
O como decía Paul
Westheim:
“Darles expresión
plástica, convertir en
Forma a los espíritus
que alientan en las
cosas, esencia y sentido
de las cosas, plasmar no
lo que son como fenómeno
óptico, sino lo que
significan: he aquí el
propósito de ese crear
artístico. De ahí debe
partir su apreciación
estética. Es un pensar
en imágenes simbólicas,
en contraposición con el
pensamiento
realista-objetivo”.
Asocio al escultor
Aquiles Jiménez con la
polémica tesis central
del libro Arts of Two
Worlds, de Alfred B.
Schuster: las culturas
europeas son lineales y
las precolombinas,
tridimensionales.
Las europeas, según
Schuster, prefieren lo
bidimensional. La
civilización europea ha
progresado en un
movimiento pendular
regular, de una marcada
preferencia de lo lineal
a un gran énfasis por lo
plano.
En cambio, las culturas
precolombinas concebían
en tres dimensiones.
Esto implica solidez y
énfasis en la
yuxtaposición de masas y
cuerpos sólidos.
En el siglo 19 la
cultura occidental
siguió una dirección
relativamente unilineal
de realismo. En cambio,
el artista precolombino
exploró conceptos los
cuales nosotros
asociamos normalmente
con el siglo 20.
Aparentemente lo
anterior lleva a una más
íntima relación con el
mundo circundante.
Kroeber sintió la
ausencia de un carácter
visual –esencial a los
europeos–. Para él,
significa la emoción
estética igual a un
pensamiento y
sentimiento lineal.
En realidad, la teoría
de Schuster no es
completa y puramente
invisible. Sobrevive en
la mentalidad del
mestizo hispanoamericano
un énfasis por lo
tridimensional. Aquiles
Jiménez es ejemplo de
ello. Tal vez, por su
sentimiento plástico, es
decir, tridimensional.
El artista precolombino
sentía las cosas en tres
dimensiones. Ahí está su
estatuaria trabajada
minuciosa y
pacientemente.
Asombrando y ofreciendo
un magisterio. La
capacidad y sentido
escultórico del
amerindio aún son fuente
inagotable de
inspiración, pese a que
su estatuaria no revela
sentimientos, emociones
ni pasiones. Sin
embargo, despierta
profundo interés
constructivo en creadora
del siglo 20: por
ejemplo, cuando en Costa
Rica despuntaba un arte
renovador por allá de
1930, los escultores
Francisco Zúñiga, Juan
Manuel Sánchez y Néstor
Zeledón Varela supieron
entender la voz del arte
precolombino. La
vanguardia europea no es
una invención del siglo
20 sino una amalgama del
arte occidental con
fuertes influencias
venidas de culturas
antiguas. Recuérdese el
impacto de las máscaras
africanas en las obras
de Picasso; la
influencia del chac mool
mesoamericano en la
visión de Henry Moore;
las danzas de los indios
Pueblo en los ritos
teatrales de Martha
Graham, y la pintura en
arena de los amerindios
Navajo en el arte de
Jackson Pollock.
Décadas más artes, otros
escultores abrevan en
él. Ahora Aquiles
Jiménez revitaliza su
espíritu y logra dar a
sus obras un sentido de
estilo, es decir: un
carácter visual
reconocible. Y en la
interpretación
iconográfica pienso en
Erwin Panofsky, quien
formuló el “principio de
disyunción”, formas
continuas de iconografía
que necesariamente no
predican continuidad de
significados y
continuidad de cultura.
A los jóvenes de la
década de 1970 les tocó
vivir una época de
difícil orientación.
Ellos lo saben. Años
marcados de dudas,
ansiedades y tensiones.
El mundo artístico
estaba dominado por un
pluralismo
desconcertante en donde
no contaban solo las
innovaciones sino
también la reflexión y
el método. Debían contar
la calidad y la maestría
artesanal. En el mundo
actual no falta talento:
incluso hoy se dibuja y
pinta y esculpe y graba
mejor que en los
períodos culminantes del
vanguardismo cuando
tanto abundaban los
arribistas. Quizás por
eso los con fuerte
vocación no se dejaron
deslumbrar por cualquier
moda pasajera. Siguieron
fieles a su vocación y a
su estética.
Aquiles Jiménez fue uno
de estos jóvenes.
Aprendió la vivencia, el
tomar posesión de algo
colocado fuera de la
conciencia. Y en él se
entabló una tensión
creciente entre
figuración y
abstracción: dinamitar
mental y expresivamente
la representación
figurativa y darle a la
materia un nuevo
contenido plástico al
enfatizar ciertos
rasgos, dependiendo de
su importancia o
potencial dramático.
Y ante la obra de
nuestro escultor surge
de nuevo, vieja cuestión
nunca solucionada, de
las relaciones del arte
y la naturaleza. Se
considera que el arte
imita de algún modo la
naturaleza. Aún es común
pensar en que la
Naturaleza es “lo real”
en tanto que el arte es
siempre algo artificial
y engañoso. Ello no
significa que todos los
autores estén de acuerdo
en la concepción
platónica de la obra de
arte como mimesis,
reproducción de una
imitación.
Al contemplar las
esculturas de Aquiles
Jiménez parece adecuado
el razonamiento según la
cual el arte es una
forma de simbolización.
Es menester precisar
cómo se entiende para
intentar ligarla con
ciertos procesos
emotivos. Es posible que
el vínculo de esta
teoría permita dar
cuenta de la riqueza de
manifestaciones del arte
tanto de la producción
artística como del goce
e interpretación de
éste.
Las formas asociativas
de las esculturas de
Aquiles no encaraman al
ser humano por encima de
la realidad: lo ata,
sujeta su fantasía a la
realidad. Destruir la
representación de la
realidad para penetrar
en el sentido: he aquí
el destino y la fuerza
mágica del símbolo.
Gracias al símbolo, la
imaginación se vuelve
productiva y capaz de
concebir lo extraño.
Algunos autores pueden
pensar que sus
esculturas son una forma
de “evasión”. Esta
explicación es más
sicológica que
filosófica. Lo mismo
sucede con la idea según
la cual el arte es una
“necesidad” de la vida
humana. Estas
explicaciones intentan
puntualizar la vida
humana y no el arte. Mas
apropiado es el
razonamiento del arte
como creación de valores
tales como, según los
casos, lo “bello”, “lo
feo”, lo “sublime”, lo
“cómico”, etc. etc.
Ya sea “evasión” o
“simbolización”, Aquiles
fue creando seres con un
carácter distintivo,
ajenos a los ojos
italianos, confirmando
la validez de una
autonomía de estilo
insertado en el arte
contemporáneo. “Lo
absorbido –opina el
crítico Mario Cagetti–
los valores del pasado
de su pueblo y lo que en
el período de estudios
de Carrara ha
enriquecido la propia
conciencia en el
quehacer escultórico,
cobra valiosísimos
ejemplos”. Al
estructurar su módulo
creador, Aquiles Jiménez
transfiere la verdad
lírica a mármoles y a
otros materiales.
Las obras de este
escultor refuerzan la
autonomía de un estilo
insertado en el arte
contemporáneo. Sus obras
son vitales prolongación
de la herencia indígena.
Las ejecuta con absoluto
dominio tecnológico, lo
cual se advierte en cada
detalle. Su temática
combina los motivos en
tal variedad por lo cual
cada obra suya es una
revelación para el
espectador la recree en
su imaginación. Debe
ocurrir lo que Mallarmé
recomendó alguna vez al
poeta: laisser au
lecteur le soin de
recrée.
La estilización es un
recurso expresivo.
Aquiles la utiliza para
destacar o enfatizar
ciertos rasgos y para
suprimir todo lo demás
como no característico.
Ejercita un realismo
mítico al potenciar el
ejercicio de los poderes
creadores. Cuando trata
de representar la figura
humana no copia la
naturaleza. El cuerpo se
vuelve ritmo y se somete
a la tendencia orgánica.
Por la honda sabiduría
de la abstracción, el
material es depurado y
cobra calidad de
concepto abstracto. La
forma de expresión
muestra asimismo
carácter conceptual. Y
en la conjunción de
recursos plásticos se
nota que hay ni uno que
no constituya un valor
formal pura y
exclusivamente
funcional. Y gracias a
esa condensación del
lenguaje expresivo se
logra monumentalidad.
Aquiles se siente un
intermediario. Trasmite
el espíritu de lo visto
en un mito de
sustitución, sin
conducirlo a un realismo
naturalista tal como
ahora lo entendemos.
Ello no impide al
escultor captar la
realidad. Y al hacerlo,
somete la naturaleza a
un proceso re-creador.
Como antaño lo hizo el
artista precolombino,
ahora él lo hace:
re-forma la naturaleza y
continuamente la
re-crea. Y con poder
sintetizador, crea una
nueva realidad. En esto
–me decía Aquiles–
quiere reflejar en sus
figuras el deseo
inconsciente de
conciliar las fuerzas
primordiales de la
naturaleza.
El acercamiento del
humano al animal y de
éste al ser humano, se
plasma en figuras
humanas en posiciones y
características de
animal.
Los rostros de sus obras
son sugestivos. “Se
delinean en la fiereza y
en la seca gracia;
cortes decididos pero no
angulosos y secos”.
No importa, sea en
mármol o en granito, la
talla es decisiva y las
superficies
pulimentadas. A veces,
los cabellos están
señalados por líneas.
Las actitudes acentúan
la fuerza del
simbolismo. Por ejemplo,
en sus maternidades el
símbolo adquiere nuevas
significaciones
formales. Son figuras
rotundas, sólidas y
definidas.
Al contemplar en su
conjunto la obra
escultórica de Aquiles
Jiménez –partiendo de
sus “series” o
leitmotivs universales
que son método de
repetición y variación
cultivados con cuidado e
instrumento apropiado–
se nota la esencialidad
para expandir la vieja
técnica de la talla y
para repetir acciones,
situaciones y caracteres
que retornan, retornan y
retornan de nuevo:
Maternidades
Los Músicos
Los Guerreros
El Agua
Presagios
La Noche.
Ronda en torno a la
exaltación de la
maternidad para
simbolizar sus
ideaciones vitales. Y de
la maternidad pasa a la
música, luego a la sed.
Por eso, sus
maternidades tienen algo
de animal conciliado con
delicadeza y comprensión
humana. Una maternidad
amamanta a su hijo
encorvada sobre sí misma
como felino preparado
para el ataque, posesivo
y brutal. Por ende, lo
que ante nuestros ojos
aparece como formas
híbridas de humano o
animal son objetivación
de toda una realidad.
Así están concebidas sus
maternidades, sobre todo
algunas para las cuales
ha tomado como elemento
constructivo nuestras
esferas de granito,
precolombina. Por ello,
razón tiene el crítico
italiano Mario Cagetti
al destacar en las
formas de Aquiles los
“...valores antiguos: la
fuerza primordial de la
naturaleza por medio de
los animales elevados a
símbolos y a deidad; la
génesis por medio de una
maternidad que alcanza
sublimidad religiosa;
Jiménez estructura sus
módulos creadores
transfiriéndoles a la
verdad lírica por medio
de signos concretos
materializados”.
“La maternidad, ligada
al culto de la diosa
Matria, madre de pueblos
y del mundo, asume
nuevas significaciones
morales: matriz generosa
en su seno mismo,
recogida en las
redondeces de la figura,
sólida o definida en las
curvas del cuerpo
siempre enroscado o
tendido.
“Identidad entre la
posición del animal
sacro, un felino, y de
la madre que defiende la
criatura teniéndola
recogida bajo su seno
curvado; símbolo sagrado
y nueva determinación de
la nobilidad materna; no
son extraños al culto
naturalístico y a la
exaltación de la
patria–madre como
oposición a ideologías
extranjeras”–señala
Mario Cagetti de la obra
de Aquiles Jiménez.
Otra prueba de la
rotundez tridimensional
de este escultor: se
inspira también en las
esferas precolombinas.
Las convierte en
maternidades. Y así,
dota a aquellas de un
nuevo simbolismo. Una
nueva y nunca acabada
maternidad, origen de
vida Y en ella también
va dejando un auténtico
pensamiento y
sentimiento plástico.
Por ende, lo que ante
nuestros ojos aparece
como formas fantásticas,
hibridación de humano o
animal o son
objetivación de toda una
realidad.
De la serie Presagios,
el escultor ha expresado
que “trascendiendo el
significado primario de
las formas fijas, el
presagio es
manifestación precoz y
parcial de algo que no
asume su forma completa.
Es comunicación
indirecta por medio de
relaciones sutiles entre
las cosas, llegando a la
totalidad por indicios,
señales, rastros. Me
interesa la
interpretación de este
sentimiento especial que
permite al hombre
situarse entre lo real y
lo imaginario, lo
concreto y lo
inaprensible.
Experimentar el síntoma,
sentir lo posible;
captar el asomo de las
fuerzas y la voz muda de
las cosas”.
En efecto, sus presagios
son formas casi fetales,
con grandes manos o
pies, de seres que
empiezan a cuajar.
Estilizar no es verbo
satisfactorio. Como el
austriaco Alois Riegel
prefiero el término
háptico para describir
la vitalidad y dinamismo
de este arte primigenio.
y para describir tipos
de arte en los cuales
las formas son dictados
por sensaciones internas
mas que por la
observación externa. Ese
vitalismo es una fuerza
vital en íntima relación
con la naturaleza e
intuición, visión y
alucinación que son
aspectos implícitos de
realidad y no separados
de ella, y que provee un
sentido metafórico de la
realidad. Y como tal
puede ser manifestada en
forma animal, o en
ornamentos abstractos.
Vitalismo más que
belleza es la cualidad
estética dominante.
Vitalidad como un factor
estético que reaparece
en todas las obras de
esta serie.
Y es su modo de
experiencia del mundo,
deudora para algunos de
concepto de Nietzsche
del “eterno retorno”, o
la idea de Goethe de
“tipos primigenios” o de
los “arquetipos” de Jung.
Y el primer problema
obviamente, el hacer
creíble la vida mítica
por medio de una
sicología enteramente
diferente. Y a través
del misterio del
comienzo de las cosas no
hay necesidad para
desesperar sino con su
sentido de
individualidad.
Con las creaciones de
Aquiles Jiménez se
comprueba que
indudablemente la obra
de arte origina la
emoción llamada
“experiencia estética”,
o sea eleva necesidades
individuales. Con las
interrelaciones eróticas
el espíritu, alma y
cuerpo, la idea de la
síntesis, se introduce.
Y dominada por la idea
de la recurrencia, tiene
sitio para el cambio. En
lo religioso y mítico,
la noción de sustitución
es decisiva al humanizar
el mito. Repetidamente,
lo real, los motivos
inconscientes desempeñan
un rol contra lo
consciente. Y también,
perfecciona la identidad
social al perpetuar las
representaciones
simbólicas. Por ejemplo,
el realismo mítico en la
escultura de Aquiles
Jiménez.
El contemplador, ante
cualquiera de las obras
de Aquiles logra una
visión general del
proceso artístico. Une
la conciencia de imagen
y la conciencia de
imaginar. A veces, la
imagen nutre su
inconsciente imaginativo
y, otras veces, solo ve
lo formal inerte,
inmóvil, sacralizado. En
este último caso,
supongo que su mente
capta e interpreta los
contenidos realistas
como si la “forma” fuese
la única para la
información y
comunicación humanas. Es
decir, no tiene plena
conciencia para
distinguir en la imagen
o perceptivo de lo
afectivo, lo pensante de
la voluntad creadora.
Mas el arte de Aquiles
Jiménez desarrolla a
plenitud la conciencia
de la imagen.
Tener conciencia
artística es tener
conciencia de imagen. O
sea, considerar
independiente en cierto
modo las imágenes. La
imagen es algo distinta
en lo imaginario.
El creador y el
contemplador tienen
diferente actitud ante
la obra. El creador
obedece a la conciencia
de imagen. En cambio,
para el contemplador la
obra es cambiante porque
tiene conciencia de
imaginar. Empero, la
diferencia no es
tajante. Quien contempla
una obra de arte, no
siempre mira lo mismo
que espera quien la
crea. El creador parte
de una idea para llegar
a lo que “ya es”. El
contemplador renueva sus
imágenes sobre todo
cuando no se detiene en
la “imagen-cosa” que
tiene ante sus ojos,
sobre todo cuando
potencia su imaginar. De
aquí que tener
conciencia artística sea
tener conciencia de
imaginar.
La auténtica obra de
arte, exige
contemplación, o sea
pensar, sentir, desear,
cumplir. También exige
mirarla (en el sentido
heideggeriano) para que
a-parezca y des-aparezca
lo real en lo
imaginario.
Cuanto más estática sea
la imagen, y esto suele
ocurrir en el arte
realista, tanta más fija
es su verdad. Entonces,
la imagen, se sacratiza
sin aludir ideas,
sentimientos, deseos,
mandatos. Y el escultor
Aquiles Jiménez entendió
muy bien esto desde sus
inicios. Comprendió que
con la conciencia de
imaginar florecen las
artes visuales. Por
esto, desbloquea
polémicamente lo “real”
estimando ciertos
contenidos que había
sacratizado la imagen.
Otra cuestión es la de
la relación entre
intuición y expresión.
Ciertos autores
sostienen que el arte es
esencialmente
“intuición” y que –en
último término– es
“inefable” o por lo
menos “intraducible”.
Los símbolos son
considerados como algo
humanamente “necesarios”
pero de alguna manera
“impuros”. La intuición
es aquí una especie de
forma pura que usaría la
expresión como una
materia siempre
inadecuada. Otros
mantienen que el arte es
esencialmente expresión
y lo que importa son los
medios expresivos y lo
que puede hacerse con
ellos. Finalmente otros
declaran que intuición y
expresión son igualmente
necesarias.
Es preciso determinar
siempre los “niveles”
mediante los cuales la
expresión genérica, el
símbolo genérico y la
acción genérica se
dirigen hacia la
individualización en lo
que toca a los juicios
de hechos.
Cada obra es una
experiencia única del
que la creó y de quien
la recibe. En el arte se
pueden encontrar
vivencias –en apariencia
aisladas– que
interactúan intensamente
en el ser humano y en el
grupo social. El arte,
incluso, puede
transformar la vida
humana. Por eso, el arte
no se debe aislar de la
vida.
Jiménez, cumpliendo a
cabalidad la tesis de
Schuster de que los
pueblos americanos son
plásticos, al concebir
en tres dimensiones.
Esto implica solidez y
énfasis en la
yuxtaposición de masas y
cuerpos sólidos. Y
tridimensionalmente,
Jiménez atalaya el
futuro ahincándose en la
tradición de su pueblo,
en maternidad de lejano
vientre. Y Costa Rica se
enorgullece de su poder
creador.
En Aquiles. Ediciones
Baula.
San José, 2000.
Incluido en el libro
Escultores
Costarricenses de Luis
Ferrero
Editorial Costa Rica,
1991
Ferrero, Luis.
Cuatro escultores de
Costa Rica. En:
“Áncora”, suplemento de
“La Nación” del domingo
21 de agosto de 1983.
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