Escultura de Aquiles Jiménez: hombres, animales y misticismo.


Durante las décadas de los setenta, ochenta y noventa, surge un grupo importante de escultores en el arte costarricense. Diversas orientaciones de carácter figurativo y abstracto enriquecen la producción escultórica nacional a lo largo de estos años. Entre estas propuestas destaca la obra de Aquiles Jiménez, artista herediano educado mayormente en Italia.

Desde sus inicios, la escultura de Jiménez se hace notar por dos rasgos particulares que definen su estilo. Por una parte tenemos el esmerado dominio técnico profesional en el manejo de materiales y calidad de acabado de superficies y por otra; el riguroso proceso de síntesis de forma que abstrae lo esencial de los motivos para transformarlos en los volúmenes que el escultor necesita para plantear su ideario plástico, su atisbo existencial.

Las obras escultóricas de Jiménez, trasmiten además, una dimensión poética peculiar que fija el tono afectivo propio de un universo artístico singular.
Este mundo de masas y volúmenes se estructura como sugestiva propuesta que introduce al espectador en una constelación poblada por seres ambiguos y fascinantes que nos descubren un horizonte misterioso y arcano, vinculado con las energías esenciales de lo vivo y cercano al territorio de lo místico, lo intangible y lo misterioso.

En la solución plástica de Aquiles Jiménez encontramos la confluencia de las propuestas de los escultores modernos de la primera mitad del siglo XX, aunadas al estudio del arte precolombino.

Si bien es cierto que la figuración es importante en la escultura de Jiménez, éste interés se desarrolla paralelo a un sentido estético y a un acento en los elementos sintácticos de la forma que es igualmente -por su intensidad y refinamiento- un tema intrínseco a la propuesta del autor.

Aquiles Jiménez durante las décadas mencionadas realiza una obra sugerente que combina morfología humana con zoomorfismo. Esta unión hombre-animal traducida en construcciones materiales y conceptuales que combinan zoomorfismo y antropomorfismo, nos viene de la iconografía prehispánica, pero la encontramos también en la representación simbólica de otras civilizaciones, unida a contextos mítico-religiosos, especialmente durante la Antigüedad.

En Jiménez, ambas naturalezas; humana y animal se integran en armonía y se funden en una unidad de concepto y forma. La unión de estas dimensiones busca quizás conciliar fuerzas primordiales de la vida y la naturaleza como lo ha expresado el artista o recordarnos, tal vez, nuestro origen animal olvidado por siglos de creer que nuestra razón nos aparta de las criaturas hermanas y nos concede superioridad sobre ellas.

La unión de lo humano con lo animal en la escultura de Jiménez permite al autor conjugar ideas y sentimientos sobre lo que piensa de aspectos diversos vinculados con las fuerzas primigenias y la condición humana, relacionadas con la unidad energética del universo como unidad de diversidades múltiples con una sola vocación.

Varias esculturas que tratan el tema de la maternidad permiten a Jiménez reflexionar acerca de sus percepciones sobre esta vivencia humana y asociarla con rasgos de conducta que mezclan características del mundo animal y del mundo de lo humano.

Me refiero al grupo de maternidades que alternan la actitud defensiva con la contemplación en esculturas en las que una figura materna se presenta acompañada de su hijo. En la mayoría de estas obras, el niño posee una estructura corporal humana y la madre combina rasgos humanos con rasgos animales.

En estas piezas, el celo defensivo de la madre se lee en la espalda encorvada en acecho y en la tensión amenazante de los músculos de cuello y extremidades. Los pequeños volúmenes que resaltan en la línea dorsal, unidos con las extremidades traseras y la espalda de la figura, conceden a la forma la esencia de su apariencia animal, apariencia que es a veces de naturaleza felina y a veces sugiere la estructura de un saurio.

Maternidad (1979) posee la dulzura del regazo, el acecho de la pantera y la espalda crispada del saurio, de tal manera que suavidad protección y agresión se confunden en la unidad visual de la obra. Maternidad, bronce de 1978, se inclina hacia otra dimensión en la que se acentúa el orgullo de la madre que contempla a su hijo, y, la talla en mármol rojo Maternidad esférica (1978) ofrece una imagen rotunda de la protección y la compenetración madre-hijo. Luis Ferrero (1991, 2001) conocido crítico costarricense ha asociado en sus escritos esculturas como ésta última, con las esferas precolombinas.

A finales de los setenta e inicios de los ochenta, Jiménez esculpe una serie de figuras a las que denomina flautistas y guerreros. En estas piezas se reafirma la dualidad humano-animal y la expresión de los cuerpos acentúa la sinuosidad ondulante de las notas musicales de flautas y caracolas contrastada con la tensión exultante del guerrero a punto de lanzar sus proyectiles al soplo de la cerbatana. Los músicos exhiben un delicado pulimento y un juego de forma centrada en el movimiento curvo, mientras que los guerreros en acecho se resuelven con superficies texturizadas por la huella de las herramientas del escultor. Estos detalles de realización revelan la importancia que Jiménez concede -como artista vinculado a la estética del arte moderno- a la unión de los aspectos formales y de ejecución con las ideas artísticas que estructuran el discurso.


Las obras realizadas durante los años ochenta, combinan la formas de animales acuáticos como saurios y batracios, con la estructura de la figura humana; ésta vez los personajes se esculpen en actitudes de búsqueda y sus movimientos sugieren el desplazamiento de los reptiles. El recurso de la personificación permite al escultor la amalgama entre lo animal y lo humano constituyendo síntesis de forma de notable unidad compositiva. Entre las obras de este conjunto destacan Bajo la lluvia (1987) y Después de la lluvia (1987). Ambas obras muestran la personificación a la que hicimos referencia, y en la tensión o relajamiento de sus formas, la disposición al movimiento en pos de algo que debemos imaginar. La sed talla en andesita de 1983, se mueve lentamente, decidida y sinuosa, ávida, húmeda y sensual hacia un abrevadero que no vemos y en el que espera calmar su sed. La solución de las formas inquietante y seductora a la vez, provoca sensaciones que sugieren desde el acecho y el peligro hasta lo inevitable del deseo.
Esta pieza de Jiménez es, quizás en el contacto inicial, una obra hermética, misteriosa, inquietante; nos asombra ciertamente con su impenetrabilidad de esfinge; nos seduce con su movimiento y brillo de superficies; más hay algo en ella, un espíritu magnético, una verdad atávica, que nos revela -de súbito- aristas de la condición humana dormidas en las profundidades de la mente.

Todas estas piezas escultóricas citadas anteriormente, han sido tratadas mediante un contraste que articula las formas orgánicas con estructuras geométricas, en esta relación es posible encontrar la confluencia y la yuxtaposición entre el mundo humano de la cultura y las formas naturales.

En la década de los noventa, Jiménez realiza la serie de obras titulada Presagios, ésta serie se distingue por la presencia de figuras humanas resueltas en composiciones que sugieren la posición fetal. Las esculturas son inquietantes y están diseñadas con un énfasis en la dimensión de los pies que domina la figura. Casi todas presentan una actitud silente de espera y una especie de recogimiento interior. Parecen seres en gestación que esperan el momento de su despertar al mundo.
Seres que esperan por la conciencia, la iluminación, la revelación interna, la sabiduría, el momento de la creación . . .
Los escritos del escultor nos pueden servir de guía en el propósito de comprender la intencionalidad del autor; en “Invocando Al Abismo” y “El Pie Lo Sabe” Jiménez dice: “Invoco lo ausente . . . Invoco la sombra/ y encuentro la agonía de la luz,/ invoco el abismo y ya fuera de mí, /se pierden los límites en la noche/ de lo interno.”

“Loco de niño, de tacto,/ el pie supo de asombro/ de espacios/ . . . a veces perdió la vereda/ y se sintió solo, / fue volumen entre la tierra y el agua/ el Barro . . . / El barro que lo contiene todo/ y presagia más/ . . . Sí, el pie lo supo primero, / supo de materia sin forma . . . del centro donde nacen las cosas,/ Ahora también mi mano lo sabe.”

La espera (1991), Agonía (1991), Invocación (1992) y Plenitud (1993), Noche (1995) Aquí dentro (1997) son esculturas cuyos gestos, expresión y actitudes nos remiten a la dimensión existencial de la experiencia humana y el goce y la agonía del proceso creativo.

En las obras de inicios de la década del dos mil, encontramos una especie de respuesta a las inquietudes existenciales presentes en las obras recién comentadas.

Ciertamente, la escultura de finales de los noventa y de comienzos de la década del dos mil, experimenta algunos cambios en forma y discurso: El acento de las figuras busca la verticalidad y los personajes humanos o seres míticos establecen una especie de vínculo cósmico con los elementos de la noche, los astros y lo misterioso que sugiere la empatía y acercamiento final entre lo humano y la unidad del universo, a manera de revelación y exaltación mística.
El color, la prístina ejecución, la síntesis de las formas, el énfasis en una poética muy personal, los mundos evocados, sugiere la complacencia y el asombro de la individuación plena aunada a la integración y disolución de lo personal en el plano energético de la vida, superando las polaridades tradicionales del pensamiento occidental.
Cada obra susurra un silencio contemplativo, un equilibrio y una unidad en la que lo temporal y el espacio se funden en un momento situado más allá del tiempo, en un horizonte en el que las fronteras ya no existen más.

La respuesta hallada con visos de razón e intuición integra la unión de mente y espíritu en una actitud que celebra la vida en toda su dimensión cósmica.

Una vez más, las palabras del autor nos servirán de guía en este viaje por el sentido de su obra; refiriéndose a sus experiencias formativas de infancia Jiménez nos dice: “Yo era parte de esa armonía sutil entre cada cosa. De la simbiosis entre el verde y la hoja, la piedra y la nube, el árbol y el sol.”

Las obras de Aquiles Jiménez con gran dominio técnico y conocimiento del material y sus posibilidades expresivas nos recuerdan ese estrato subyacente que está detrás de toda acción humana y que nos une con los inicios del nacimiento mismo de la vida.
La sugerencia de lo animal, unido con lo humano, remite también a las obras ancestrales asociadas con la magia y el rito que calmaron los temores originales del género humano desde lo más remoto de los tiempos.
Estas esculturas al vincularse con este deseo atávico de sentido y trascendencia reactivan el sentimiento de lo sublime y nos devuelven al enigma del significado de la vida.


Efraín Hernández Villalobos
Universidad Nacional.
Comentario para catálogo 3 escultores 3 décadas